Post semanal

2 noviembre 2025

Aceptar para sanar: el arte de vivir con lo que duele

Con el paso del tiempo, nuestro cuerpo empieza a hablarnos de otra manera. Lo que antes era una molestia pasajera ahora se repite, se instala o deja huella. Y es ahí donde muchas personas entran en conflicto: no con la enfermedad en sí, sino con la idea de tenerla.

Nos resistimos. Pensamos: “esto se me tiene que pasar”, “yo antes no era así”, “no quiero depender de medicinas”. Y esa lucha interna, ese rechazo silencioso, se convierte en una fuente constante de estrés.

Aceptar una enfermedad —especialmente cuando es crónica o recurrente— no significa resignarse. Significa reconocer la realidad con serenidad, para poder tomar decisiones más sabias. No se trata de dejar de cuidarse, sino de cambiar el enfoque: pasar de “quiero que desaparezca” a “quiero vivir bien, incluso con esto”.

Muchas veces, la negación nos lleva a buscar soluciones milagrosas, tratamientos alternativos sin base o dietas extremas que prometen curaciones imposibles. Todo eso alimenta la frustración. En cambio, cuando aceptamos, empezamos a comprender qué necesita nuestro cuerpo, cómo acompañarlo y cómo adaptarnos a sus nuevos ritmos.

Aceptar la enfermedad también implica dejar de compararnos con quien fuimos. Ya no somos el cuerpo de hace veinte años, ni la misma persona. Pero eso no tiene por qué ser una mala noticia: la madurez trae comprensión, paciencia y una sabiduría corporal distinta. Podemos seguir disfrutando de la vida, quizás con más pausa, pero también con más profundidad.

La clave está en entender que la salud no es la ausencia total de enfermedad, sino la capacidad de mantener el equilibrio, incluso cuando algo no funciona del todo bien. Hay personas con dolencias crónicas que viven plenas, activas, agradecidas. No porque no les duela, sino porque han aprendido a no sufrir por ello.

Aceptar la enfermedad es, en el fondo, un acto de amor propio. Es decirle al cuerpo: “te escucho, te cuido y te agradezco por seguir sosteniéndome”. Desde ahí, podemos encontrar bienestar, incluso en medio de la incomodidad.
Y entonces la vida, aun con sus límites, vuelve a ser habitable, amable y plena.

Dejar de luchar para recolocarnos en nuestra nueva realidad, definir nuestras necesidades y tener una actitud proactiva hacia nuestro cuidado y bienestar. La victimización y la rabia nos cierran la puerta a esto y vivimos desde una mirada de injusticia y de ira hacia el mundo que nos rodea. Desde este prisma, nuestro cerebro instala la rabia en nuestras mentes y nuestra mirada hacia el mundo cambia de forma drástica.

Reconciliarnos con nuestro cuerpo, entender que la vida es finita y que no hay tiempo que perder a través de estar presentes, nos brinda la oportunidad de exprimir el tiempo concedido que es la preciosa VIDA.

Tomando conciencia , viviendo en coherencia…

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