Post semanal

12 julio 2025

La sensación de orfandad completa

Esta semana, de mi mano, con un dolor que casi no puedo describir con palabras, ha muerto mi madre.

Y con ella se ha ido el último hilo que me sostenía al mundo como hija.

Hace unos años murió mi padre. Fue duro. Pero aún me quedaba mi madre. Aún quedaba alguien en el mundo que recordaba mi niñez, alguien que me llamó «mi hija» incluso con con unos huesos que ya duelen, alguien que todavía me miraba como si fuera el centro de todo, aunque el mundo ya se hubiera vuelto completamente caótico.

Pero ahora… no queda nadie.

Es una sensación difícil de explicar. Una especie de desnudez interna. Como si ya no hubiera ningún lugar al que volver.
Ya no tengo un hogar en el sentido más profundo de la palabra, un espacio seguro al que agarrarme cuando las aguas me estén asfixiando.
Ya no hay nadie que me abrace como lo hacían ellos, desde antes de que yo supiera hablar.

Ahora soy oficialmente huérfana. A los ojos de la administración, eso solo se aplica a los niños. Pero el alma, el alma sabe. El cuerpo lo sabe. Hay un nudo en el estómago, una sensación física de intemperie, como si me hubieran empujado fuera de la última cueva cálida y segura.

He acompañado a mucha gente en su dolor. Lo he hecho desde la meditación, desde el silencio, desde la compasión.
Pero hoy… me cuesta incluso sentarme. Hoy, todo es llanto.
Hoy, hasta respirar me duele.

Estoy rota.
Y no tengo ninguna prisa en recomponerme.
No quiero «pasar página», no quiero «estar fuerte», no quiero escuchar consejos.
Solo quiero llorar lo que se ha roto para siempre.

Porque hay cosas que no se reparan. Y está bien que así sea.

Lo escribo para mí, pero también lo escribo por si tú, que estás leyendo esto, has perdido a tu madre. O a tu padre. O a ambos.
Te abrazo desde aquí.
Nadie te puede quitar ese dolor.
Pero tampoco nadie debería pedirte que lo escondas o que lo superes rápido.

Yo voy a vivir este duelo como se merece.
Lo voy a llorar con cada célula del cuerpo.
Porque mis padres lo merecen.
Y porque yo también lo merezco.

Mi madre quería vivir, por encima de todo y la sensación de desgarro es aterradora

Perderla es perder una parte de mí que no se va a regenerar.
Y aún así, me seguiré levantando cada día.
Pero no para distraerme. Sino para honrarla.

Desde el silencio.
Desde el temblor.
Desde la herida abierta.

Hoy, la meditación me sostiene, me recoge y me abraza con todo lo que hay.
Solo hay un corazón que sangra.
Y que, con todo, sigue amando.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia…

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