Desde que somos unos niños, nos enfrentamos a la terrible sensación del rechazo. Desde acciones que nuestros padres desaprueban y te hacen sentir que no estás a la altura de sus expectativas, hasta errores que, en cualquier ámbito en el que nos hayamos desarrollado, nos han hecho sentir vergüenza y desaprobación del entorno, construyendo dentro de nosotros una inseguridad a modo de monstruo que, aunque terrorífico, nos susurra suavemente al oído, de forma casi imperceptible, que no vamos a ser capaces, sobre todo en momentos desafiantes que nos conecten con aquello que sentimos.
El rechazo nos hace buscar permanentemente la aprobación de todos, gustar a todo el mundo y por desgracia, esto es imposible. Dicen los estudios, que al menos al 25% de las personas que nos vamos a cruzar en la vida, no le vamos a gustar, llamémoslo feeling, o conexión, o química, pero la realidad es que no podemos encajar a todas las personas que vamos a conocer en nuestra vida.
Cuando hemos desarrollado una gran herida del rechazo, más allá de los hechos, construimos una pared de contención, desde una timidez que nos esconde tras un gran muro para que los demás, no puedan saber quien somos en realidad y así, no sentirnos rechazados.
Durante la vida, nos vemos necesariamente expuestos y las personas que tienen una gran barrera en este sentido, sufren de sobremanera ante estas situaciones.
Desde el miedo a ser libre dando tu opinión, incluso en los círculos más íntimos, hasta sufrir de una ansiedad patológica si hay que hacer algún tipo de exposición en el ámbito laboral. El miedo al rechazo puede convertirse en una limitación que nos suponga mucho sufrimiento.
Este fin de semana, estoy en un retiro de técnica teatral y estoy conectando con aquello que me lleva a no querer exponerme y es que, más allá de lo que se ha de exponer, siempre conectamos con aquello que nos hace sentir incapaces.
Rodeada de personas con una liberación importante en este sentido, me doy cuenta de que es precisamente el acto de exponerte, el que te conecta con lo que eres, con lo que tienes para dar al mundo y sobre todo, con lo que vales.
Mostrarse en profundidad es verdad, es honestidad y confianza, es humanidad y sobre todo, es libertad. Estas cualidades nos hacen profundamente valiosos y desde este encuentro, afrontamos la dificultad y el sufrimiento de forma más natural y honesta. Esto nos abre a la posibilidad de crecer y seguir sanando en cada cosa que haces, en cada cosa que te pasa.
Estar rodeada de personas dispuestas a experimentar desde lo más profundo de su ser, me conecta con mi propio ser. Una experiencia inolvidable que le debo a todos y cada uno de mis compañeros en este espacio que espero jamás olvidar.
Tomando conciencia, viviendo en coherencia