El patio y las alambradas: un paseo por la privación de libertad
Caminar sin rumbo es una de esas cosas que pocas veces valoramos hasta que nos falta. Salir a dar un paseo sin un destino concreto, detenerse a mirar el cielo, cambiar de dirección solo porque sí. Pero cuando el espacio es limitado, cuando el camino solo lleva de un muro a otro, todo se siente diferente.
Esa mañana en el patio, mientras caminaba con mis alumnos de prisión, lo primero que me golpeó fue el sonido. O más bien, la falta de él. Un silencio denso, pesado. No era un silencio amable, de esos que invitan a la calma. Era un silencio de espera, de contención. Un silencio que, en lugar de aliviar, ensordece.
El aire era seco, cortante. El sol, aunque brillaba con fuerza, no parecía traer calidez. El suelo, de cemento rugoso, tenía huellas gastadas, marcas de pasos que se repetían día tras día. Un recorrido sin destino, siempre dentro del mismo perímetro. No había horizonte, solo muros.
Miré hacia arriba y ahí estaban las alambradas. La frontera entre el adentro y el afuera. No un simple límite físico, sino una barrera que pesaba en la mente. ¿Cómo se siente vivir con la vista siempre tropezando contra un obstáculo? Saber que más allá sigue la vida, pero no puedes alcanzarla.
Me detuve un momento y cerré los ojos. Respiré. Intenté escuchar más allá de ese silencio asfixiante. A lo lejos, el ruido del tráfico, una bocina, quizá la risa de alguien en la calle. Sonidos normales, cotidianos. Pero aquí, en este espacio cerrado, sonaban como ecos de otro mundo. Pequeñas señales de la vida que sigue, ajena a estos muros.
Abrí los ojos y volví a caminar. Observé las sombras proyectadas en el suelo, alargadas, deformadas por la ventana de las oficinas de los funcionarios y la escuela. Las sombras son libres, se mueven sin ser detenidas por los muros. Pero quienes las proyectan no.
Tomé conciencia de mi propio cuerpo, del peso de mis pasos, del ritmo de mi respiración. Sentí la tensión en mis hombros, la ligera presión en mi pecho. La cárcel se siente en el aire, en la piel, en la manera en que todo parece contenerse, incluso el aliento.
Y ahí, en medio de ese espacio cerrado, me di cuenta de algo. La privación de libertad no es solo un concepto, no es solo estar dentro de un sitio. Es la ausencia de elección. La imposibilidad de decidir a dónde ir, con quién estar, qué ver más allá de estos muros. Es la vida sin matices, reducida a un conjunto de reglas inamovibles.
Seguí caminando. Miré de nuevo hacia el cielo. Era el mismo cielo que en cualquier otra parte, pero aquí parecía lejano, casi inalcanzable. El mundo sigue girando allá afuera, pero aquí, el tiempo se mueve de otra manera.
Y me pregunté cuánto damos por hecho en nuestra vida cotidiana. Poder salir cuando queremos, elegir nuestro camino, estar con la gente que nos importa. Cosas tan simples que se vuelven invisibles en la rutina, pero que aquí, dentro de estos muros, adquieren todo su peso.
Cuando la hora terminó y salí del patio, algo en mí se había transformado. Seguiré caminando fuera, seguiré disfrutando del aire en la cara, del ruido de la ciudad, de los caminos sin destino. Pero lo haré con otra conciencia. Porque ahora sé lo que significa no tener elección.
Y esa es una lección que no se olvida. Tomando conciencia, viviendo en coherencia…