En medio del caos y la devastación, cuando la naturaleza parecía arrebatarlo todo con su fuerza imparable, surgió una respuesta inesperada, poderosa y profundamente humana. Frente a la tragedia que trajo la DANA, lo que salió a flote no solo fue la solidaridad, sino el espíritu indomable de una generación de jóvenes que, con un coraje incuestionable, se pusieron manos a la obra. Aquellos a quienes llamábamos «de cristal» resultaron ser de hierro.
No buscaban reconocimiento, ni fama. No llevaban más que sus propias botas, escobas, mascarillas y lo que podían, su tiempo y su energía. En esos días, los vimos organizados, dispuestos y decididos a ayudar, a tender una mano a sus vecinos, a personas que ni siquiera conocían. Las botas llenas de barro, las manos doloridas, los cuerpos agotados: cada uno de estos jóvenes mostró lo que significa ser una fuerza de cambio real. Nos recordaron que las palabras vacías no llenan el corazón, pero los actos de bondad sí. Ellos, con cada acción, llenaron de esperanza a quienes lo habían perdido todo.
Solo se presentaban allí, en el horror y se ponían a disposición, para limpiar, mover enseres, escuchar la desesperación y abrazar a quien lo necesitara. Sin juicio, sin dudarlo ni un segundo, con toda la vitalidad de la que disponían y sin detenerse en buscar culpables.
Esta es la generación que muchos etiquetaron de frágil, de narcisista, de ensimismada en las pantallas, y que sin embargo, cuando se les necesitó, emergieron con una fuerza que nadie se esperaba. Sus manos no se rompieron; sus voluntades, lejos de quebrarse, se fortalecieron en cada nuevo reto, en cada gota de agua, en cada bolsa de ayuda, en cada mirada de alivio. Se apoyaron entre ellos y se lanzaron a ayudar sin dudarlo. Nos han mostrado, sin alardes, que el verdadero valor no se mide por lo que se recibe, sino por lo que se da.
A estos jóvenes, a esta generación que ha demostrado con creces que no solo saben levantarse ellos mismos, sino que están dispuestos a sostener a los demás, hoy les doy las gracias desde lo más profundo. Nos han devuelto la fe en el poder de la comunidad, en el espíritu colectivo que hace brillar lo mejor de la humanidad. Han sido ejemplo de humildad, fortaleza, y entrega.
Gracias por la lección de vida, gracias por enseñarnos que la compasión no entiende de generaciones, que la verdadera fortaleza no se mide en resistencia física, sino en la grandeza de corazón. Nos demuestran que la juventud no es una etapa a la que falta madurar, sino una fuente de energía capaz de transformar el dolor en acción, la impotencia en consuelo, la tragedia en una oportunidad de unirnos.
Hoy, con un profundo respeto, con orgullo y con admiración, celebramos a nuestros jóvenes. Han dejado en claro que, cuando los llamamos “de cristal”, estábamos equivocados. Ellos son de hierro, un hierro que resplandece, que inspira y que renueva nuestras esperanzas de un mundo mejor.
Tomando conciencia, viviendo en coherencia….