Vivimos tomando decisiones casi sin darnos cuenta. Algunas son pequeñas y otras importantes, pero todas salen del mismo lugar: el estado mental y emocional en el que estamos. Cuando ese estado está dominado por el estrés, la prisa o la saturación, decidir deja de ser un acto consciente y se convierte en una reacción automática.
Muchas personas creen que les falta claridad, seguridad o capacidad para elegir bien. En realidad, lo que suele faltar es espacio interno. Espacio para parar, sentir y pensar sin presión. El estrés no solo cansa; también distorsiona la percepción, estrecha la mirada y nos empuja a decidir desde la urgencia, no desde el criterio.
Este post no va de pensar más ni de analizar mejor. Va de algo previo: aprender a estar lo suficientemente calmado como para decidir con sensatez, incluso en medio del ruido.